EDITORIAL
JORGE ZEPEDA PATTERSON
dom 18 oct 2020, 4:30am 1 de 10

Cienfuegos: todos pierden


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Todos los actores políticos intentarán llevar agua a su molino y sacar ventaja del escándalo que representa la detención del general Salvador Cienfuegos, secretario de la Defensa de Enrique Peña Nieto por presuntos nexos con el crimen organizado. El presidente ya ha señalado que su aprehensión simplemente confirma la corrupción de los gobiernos anteriores; sus adversarios afirman, por el contrario, que eso revela el enorme riesgo que representa entregarse en brazos del Ejército como él lo ha hecho. Para los catastrofistas la noticia es una demostración palpable de que México es ya un narco Estado; para los optimistas, en franca minoría, el hecho de que alguien tan poderoso caiga por primera vez significa que sí es posible terminar con la impunidad.

Para bien y para mal, todos tienen un poco de razón. Pero lo cierto es que todos perdemos.

Enterarnos de que el responsable de la seguridad de los mexicanos trabajaba para el crimen organizado, es como descubrir que el doctor al que le hemos confiado durante años la salud de la familia es un farsante o que el contador que hace nuestras declaraciones se inventó el título.

Por supuesto que la culpabilidad de Cienfuegos, detenido por la DEA en Estados Unidos, todavía está por confirmarse. Incluso si los cargos llegan a demostrarse resulta imposible saber en este momento si eso significa que otros generales estaban también involucrados o, peor aún, si lo estaba el jefe del militar, nada más y nada menos que el ex presidente Enrique Peña Nieto.

Pero incluso si se tratase de un caso de corrupción individual, poco probable, se trata del hombre que dirigía al Ejército, responsable en última instancia del uso de la fuerza que ofrece tranquilidad o intranquilidad a los mexicanos, defensa y bastión del Gobierno y las instituciones. La mera aprehensión de un exsecretario de la Defensa por una autoridad extranjera representa un duro golpe a la credibilidad de México como país y del Ejército como institución. Y las dos cosas son gravísimas.

Por lo que toca al plano internacional, México y sus gobiernos quedan en un terrible entredicho. En París, Londres o Washington no distinguen entre una administración u otra, entre el PRI o Morena. Sobre todo porque no es este gobierno el que está haciendo la limpia. A Cienfuegos o a Genaro García Luna los detuvo la justicia estadounidense no la mexicana que ni siquiera estaba enterada. Y eso solo puede interpretarse como resultado de la complicidad o la incapacidad de la justicia mexicana. En suma, de la imposibilidad de considerar al Gobierno mexicano como una entidad confiable en materia de seguridad o corrupción.

Por lo que toca al daño institucional, las consecuencias tardarán en eclipsarse. Sabíamos que la corrupción alcanzaba a los militares, por supuesto, pero preferíamos pensar que el presidente elegía al general más confiable y capaz entre todos sus pares. A partir de ahora quedará en claro que no puede confiarse incluso en el más alto de los niveles.

Nadie ignora que el Ejército es la institución que goza de mayor credibilidad entre los mexicanos. Supongo que lo seguirá siendo, en parte porque las demás no tienen manera de mejorar su rating (Iglesia, senadores y diputados, policías o periodistas son carne de escándalo reiteradamente); y en parte también por el esfuerzo de miles de soldados que hacen su trabajo y se ganan el respeto de la opinión pública todos los días. Pero resulta muy duro asumir que el jefe de todos ellos no se debía a las instituciones ni a todos los mexicanos, sino a un cártel de drogas.

Uno habría pensado que un secretario de la Defensa estaría por encima de esta tentación. Y no porque crea que el cargo no es susceptible de corrupción si no justamente por que sí lo es. El presupuesto de esta Secretaría es de tal magnitud que si el ministro quería enriquecerse habría encontrado la manera de hacerse multimillonario sin tener que recurrir a un cártel. Y tratándose de un régimen tan permisivo como el de Peña Nieto no es que hubiera encontrado demasiados obstáculos. Después de todo se trata de un ministerio con alta opacidad por razones de seguridad. ¿Por qué entonces exponerse al riesgo de corromperse en compañía de cómplices tan poco confiables como un traficante? O quizá no fue la codicia sino el miedo lo que terminó doblando, lo cual resulta aún más preocupante: si el jefe de todos los soldados es incapaz de defenderse ante una amenaza, ¿Qué nos quedaría al resto de los mexicanos?. Cabe también la posibilidad de que Cienfuegos hubiese sido corrompido hace años, mucho antes de saber que un día sería secretario de Estado y después no le quedó más remedio que seguir en la nómina de los narcos. Una idea muy poco tranquilizante, porque significaría que los presidentes están a ciegas a la hora de decidir a quién le entregan el control de las fuerzas armadas.

La detención de Cienfuegos despierta muchas preguntas, todas las posibles respuestas son para quitar el sueño.

@jorgezepedap

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