EDITORIAL
JULIO FAESLER
vie 22 may 2020, 8:17am 7 de 9

¿Estatizar al país?


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Las últimas decisiones del presidente de la República son para mucha gente claros signos de su intención de proceder a la gradual estatización de México. Esta conclusión se confirma en sus instrucciones de suspender, aunque solo por la duración de la Pandemia que nos asuela, el proceso de articulación de la generación de energía eléctrica con la producción de la CFE.

No solo esto. La decisión de reintroducir las fuerzas armadas en los trabajos de policía se une a ese propósito. Caen en el mismo esquema las expresiones de Ramírez Cuéllar, que posiblemente fueron un "globo sonda", tendrían por objeto inmiscuir al INEGI en la detección de patrimonios físicos y financieros personales. Es también algo sospechoso la manera en que se ha reducido el financiamiento a las pequeñas y medianas industrias (PYMES) y se ha priorizado el financiamiento de los programas sociales con minúsculas dádivas y con evidente intención electoral. Y aquí son solo unos cuantos ejemplos, que a que a juicio de una parte importante de la población de clase media, son pruebas de que AMLO se propone a convertir al país en un estado de dictadura socialista.

El debate entre López Obrador y Diego Fernández de Cevallos que se dio en los años ochenta, organizado por el comentarista López Dóriga viene a cuento. En él se aprecia que ya el luchador cívico todavía joven, acusa persistentemente al "Jefe Diego" de vasta corrupción y negocios inconfesables. Las acusaciones son afiladas y la defensa del acusado consistió en exhibir documentos que lo exoneraran de culpa en sus operaciones en Punta Diamante. Inconcluso el final del ejercicio televisado se vió que solo la descalificación recíproca ha campeado y no hubo mayores consecuencias.

Lo que se advierte es que AMLO no ha cambiado su posición a lo largo de los últimos casi 40 años. Ambos personajes terminaron el "debate" sin posibilidades de conciliación. Las posiciones acres sin flexibilidad alguna.

El país sí ha cambiado. Ya no se identifica con las acusaciones contra el capitalismo salvaje repetidas desde Carlos Marx, ni con las ralas defensas de los perversos capitalistas. Ninguna parte parece haberse movido. Parecería que toda evolución de posición caería bajo el estigma gatopardiano. En lo personal creo que las cosas sí han cambiado tanto en el mundo como en nuestro país. En las décadas transcurridas desde la caída del Muro de Berlín, escogiendo una mojonera histórica válida, si se han agudizado los problemas socioeconómicos y las percepciones. Tanto en el campo "capitalista" como en el de las "izquierdas". Los inocultables fracasos de los sistemas socialistas de corte comunista y la acumulación de injusticias que se han registrado a cargo del capitalismo empresarial están a la vista en términos de interminables protestas en todos los continentes. Las inconformidades cada vez más violentas, obligan reformas de las que hay ya cada vez más conciencia de la necesidad de cambio. El crecimiento demográfico también lo obliga.

Hay fórmulas que se han aplicado con éxito para conciliar los opuestos que se plantearon como irreductibles. Entre ellas se destaca la economía social de mercado practicada en Alemania desde la caída del Muro. En los mismos Estados Unidos hay experiencias de cooperativas exitosas en empresas de gran dimensión. Al mismo tiempo hay numerosas propuestas de esquemas fiscales y de solidaridad social que esperan ser instaurados. Economistas como el francés Piketty que ha estudiado en detalle el fenómeno de los contrastes sociales que el capitalismo ha generado, propone soluciones, muchas de índole fiscal, para conciliar los polos opuestos de la sociedad moderna.

La honda brecha que se ensancha separando a los pocos inmensamente ricos de los innúmeros dramáticamente pobres, es la realidad mexicana que plantea la tarea socioeconómica más inminente. Hasta ahora no ha sido posible hacer que el gobierno, junto con las fuerzas privadas, produzcan juntos justicia social y empleo. Esto no significa que la ansiada meta se alcance centralizando en el gobierno todos los poderes y facultades de manera de abarcar y absorberlo todo.

No en balde hemos presenciado en el curso del siglo pasado, y desde luego en el actual, el total fracaso de los regímenes europeos, asiáticos y latinoamericanos que entregaron todo su destino y suerte en sistemas centralizadores y autoritarios generadores de costosas burocracias y de dramáticas hambres y carencias.

Nunca se han alcanzado los ideales de justicia y prosperidad haciendo del Estado el solitario y único rector que coordine las fuerzas de una sociedad hacia tales objetivos que expresan, por definición, y el presidente López Obrador es, por su formación personal, el primero en saberlo, fines superiores y permanentes.

Al tener que admitir lo anterior el presidente de la República debe entender que al mismo tiempo de llamar a México a la unidad nacional con responsabilidades compartidas tendrá que empeñarse en la ardua tarea de eliminar la roya de la corrupción en todos los ámbitos, empezando por el círculo más cercano de sus colaboradores. Es eso lo que más fortalecería al Estado que se comprometió consolidar.

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